Qué rompe una lama en una calle del centro
Cada material tiene su enemigo. El PVC se vuelve quebradizo tras muchos veranos al sol y un día cualquiera se abre de lado a lado; el aluminio se abolla con una racha de viento si pilla la persiana a medio bajar; la madera se agrieta, se tuerce o pierde las grapas que la sujetan a sus vecinas. En las calles estrechas del casco antiguo, donde una fachada pasa de la sombra al sol a lo largo del día, es normal que unas lamas estén impecables y las de al lado, destrozadas.
Esa desigualdad juega a su favor: casi nunca hace falta un paño nuevo. Con la persiana bajada soltamos los remates de los lados, hacemos correr la tira de lamas por la guía hasta sacar las estropeadas y encajamos las de repuesto en el hueco que dejan. Las demás siguen en su sitio, con su color y su desgaste, y la persiana vuelve a recorrer la guía sin tropiezos.
Tablillas de madera: reparar sin perder el carácter
En las casas viejas del Raval todavía se ven persianas de tablillas de madera unidas con grapas metálicas. Mientras la madera conserve su nervio, merece la pena salvarlas: sustituimos las tablillas partidas por otras de medida parecida, cambiamos las grapas oxidadas y dejamos el paño alineado para que no se descuelgue por un lado.
Lo que no podemos garantizar es el mismo tono. Una tablilla nueva junto a otras con décadas de sol se distingue, y se lo advertimos antes. Si la persiana tiene muchas piezas podridas o partidas, le explicamos qué supondría pasar a PVC o a aluminio: ganaría ligereza y dejaría de preocuparse por la humedad, a cambio de un aspecto distinto en la fachada.
Cuándo conviene cambiar de material
El PVC es la opción ligera y resuelve bien la mayoría de dormitorios y cocinas, pero en fachadas que reciben el sol de lleno amarillea, se comba y termina rajándose. El aluminio relleno de aislante es rígido, soporta mejor el calor y amortigua la diferencia de temperatura entre la calle y la habitación, algo que se agradece en verano y en las noches de invierno.
El inconveniente es el volumen: una lama con aislante tiene más cuerpo y el rollo crece al enrollarse. Por eso, antes de proponerle el cambio, medimos el cajón y el diámetro del rollo actual. Si no hay sitio, buscamos un perfil más delgado o se lo decimos claramente, para que no se encuentre con una persiana que no termina de subir.
La pieza de abajo, la que cierra contra el alféizar
La pieza que remata el paño por abajo es distinta de las demás: más gruesa, a veces con goma, y con los topes atornillados que frenan la persiana arriba. Cuando se tuerce, la persiana deja una rendija sobre el alféizar por la que entran luz y aire, y cuando pierde un tope el paño puede acabar colándose en el cajón.
La cambiamos por otra de sección equivalente y fijamos topes nuevos a la medida de su ventana. Aprovechamos para revisar los remates laterales de todo el paño: si falta alguno, las lamas se desplazan de lado y rozan la guía, y ese roce explica muchos atascos que parecen misteriosos.
Preguntas frecuentes
¿Se nota mucho una lama nueva entre las viejas?
En PVC y aluminio, casi nada cuando damos con el mismo perfil y color, que es lo habitual. En madera antigua la diferencia de tono sí se aprecia; se lo enseñamos antes de montarla para que decida.
¿Cuántas lamas rotas justifican cambiar el paño entero?
No hay una cifra fija. Si las dañadas son pocas y el resto está sano, merece la pena sustituirlas. Si el material está quebradizo en toda la persiana, cada lama nueva acabará rodeada de otras que se rompen, y entonces le recomendamos renovar el paño.
¿Las lamas de aluminio con aislante caben en cualquier cajón?
No siempre, porque abultan más al enrollarse. Medimos el cajón y el rollo que tiene ahora antes de proponérselas y, si no caben, le ofrecemos un perfil más fino.
Tengo una lama rajada, ¿puedo esperar?
Una raja pequeña puede aguantar un tiempo, pero con el frío se abre más y los trozos pueden engancharse en la guía. Si la persiana empieza a rozar o a hacer ruido en ese punto, conviene cambiarla antes de que bloquee el paño.



